EN LA VARIEDAD ESTA EL GUSTO – Por Johanna Sierra

Ayer me detuve un ratito a ver parte de lo que fue la edición año 2015 del European Swing Dance Championshp (a.k.a ESDC). Particularmente me gusta prestar atención a aquel momento que sólo la transmisión en vivo puede dar, por ahora ¡y por suerte!, para los que vivimos lejos o no podemos asistir a estos eventos.

Aquel momento es el que se puede ver en los cortes entre competición y competición, esas dos o tres canciones que hacen a un pequeñito pero intenso baile social entre los espectadores y asistentes a la competencia. Y fue ahí que no pude dejar de notar cierto aire distinto entre cada bailarín. Me refiero a que cada uno de ellos tenía una singular forma de moverse, de fluir y de conectar con su pareja de turno respecto a las personas que los rodeaban y a la que tenían en frente.

Por supuesto que no estoy diciendo nada novedoso ni nada que no pueda ver cualquiera que se pare a comparar videos, al menos, o que tenga sentido común. Pero vale preguntarse entonces ¿qué era lo que veía de distinto en esa comunidad, en esos bailarines, respecto a las comunidades de Lindy Hop como la de Argentina?

Esas personas no eran bailarines de competición, no eran profesionales. Eran personas interesadas en el baile y con el mismo nivel y calidad que cualquiera de mis compañeros de pista en este rincón del mundo. Pero, ¿de dónde salía eso que me estaba llamando la atención, eso que no me encontré nunca en mí ni en el resto de mis bailarines de turno?

La comunidad europea de swing tiene una característica que es clave para empezar a contestar estas preguntas: ellos viven cerca.

Por poner algunos ejemplos, a la ciudad de Herrang, meca del Lindy Hop, la separan 2,737 km de distancia de Barcelona, España; 1,984 km de París, Francia; 894 km de Vilna, Lituania y 2,823 km de Sofía, Bulgaria, por nombrar algunos países con grandes comunidades de Lindy Hop. Desde Argentina, en cambio, nos separan 12.675 km de la ciudad sueca, para los que no hay una ruta directa y, como consecuencia lógica, el costo económico de hacer un viaje de este tipo es mucho mayor.

Simplemente calculando este factor, podemos entender que entre estos países hay una mayor facilidad de contacto, de acceder al otro. Es una enorme ventaja que facilita variedad de profesores y sus estilos pero, lo más importante, la chance de cruzarse a muchas más personas en las pistas del baile social. Cada una de ellas lleva consigo su escuela, su impronta y la reparte en minutos al otro que, luego, cruzará el charco, las montañas o la ruta y lo seguirá esparciendo entre sus compatriotas.

Si nos tratamos de pensar de la misma manera, encontramos que como comunidad nada más que del cono sur latinoamericano apenas podemos juntarnos con nuestros hermanos chilenos y brasileros en algún que otro festival, puesto que entre las principales ciudades de Argentina, Chile y Brasil nos separan unos cuantos kilómetros más: 1,406 km atravesados, cordillera de por medio, desde la ciudad porteña a Santiago y 2,220 km a Sao Paulo.

Creo que es importante tener en cuenta la capacidad de costear viajes a festivales entre vecinos cuando las economías regionales suelen ser un peso pesado a la hora de planearlos. Claro que, hay quienes podrán financiarlo con mayor o menor problema, al igual que en Europa, pero intentamos pensar aquí un factor general. Sería interesante, para una próxima vez, volcar algunos de los números que nos permitan entender un poco más el fenómeno económico que afecta a la interconectividad de las comunidades del mundo del swing.

Hilando un poco más fino, somos en el sur de latinoamérica tres países con una extensa masa geográfica: Brasil lidera el puesto con 3.288.000 mi², le sigue Argentina con 1.074.000 mi² y Chile con 291.930 mi². Si bien existe la posibilidad que nos brinda internet de popularizar el baile y la cultura del Lindy Hop, es evidente que las distancia intracomunidades juega en contra de la comunicación y el desarrollo en simultáneo del swing. En simple castellano: nos lo hace mucho más difícil encontrarnos. Esto mismo le sucede a España y sus  194.845 mi² que hoy cuenta con una comunidad dividida entre Barcelona y Madrid, donde la mayor parte se desarrolla en la primer ciudad. Esto hace, también, a la dificultad de frecuentar variedad de estilos y personas y que todos nos volvamos a repetir.

Se que si llegaron a leer hasta acá y no los abrumaron los números pueden pensar que entonces reina en quien escribe una negatividad en cuanto a la escena latinoamericana. Pues no. Trato de traer a ustedes una cuestión que, creo, nos puede servir para pensarnos y hacernos mejores bailarines y más responsables. Pero antes seamos sinceros y analicemos nuestro propio desempeño. ¿Cuántos comenzaron a sentir una vez pasada la emoción de los primeros meses que ya no había variedad? ¿Sintieron que podían saber, casi adivinar, cómo se iba a comportar su compañero de baile aquella noche? ¿Se aburrieron alguna vez? ¿Y más de una? Con una mano en el corazón (otra en la cabeza y otra en la cintura, suavecito para abajo, para abajo, para abajo) respondan a estas preguntan y entonces deberán sentir la enorme responsabilidad de elegir si prefieren dejarlo todo como está o salir a cambiarlo. ¿Las opciones? Pues creo que está en cada uno y en todos al mismo tiempo: ver más videos, practicar mucho más sólos y con la mayor cantidad de personas y profes posibles para hacer de esta realidad una mucho mejor. Invitemos a nuevas personas a conocer la cultura en sí, el baile, la ropa, la música. Invitémonos a mejorar como bailarines y a tratar de deslumbrar siempre a uno y, como consecuencia, a los demás.

Un gran mundo

Un gran mundo

ESDC

HERRANG

Jhoanna Sierra

El aire es libre. O no tanto.

_¡El aire es libre!_  Todos recordamos esta expresión infantil que siendo verdad, está lejos de ser cierta.

         Los pasos aéreos, acrobacias o trucos, han formado parte del baile del Swing desde sus orígenes. Haciendo un poco de historia fue Frankie Manning el mayor ícono de este estilo, el primer bailarín en hacer un paso aéreo. Aquello sucedió durante una competencia y, según palabras de Frankie, él lo sentía como un paso más. Podemos sumarle la anécdota de cuándo lo estaba practicando: en su casa con su prima, con un colchón en el piso, y entró su madre. Encontró a Frankie con su prima encima patas para arriba, colchón mediante. Para la época, fue difícil de explicar seguramente. De ahí en más, se convirtió en algo frecuente en competencias (explícitas e implícitas) entre bailarines. Al igual que en muchas otras danzas, el comienzo de esta veta del baile fue intuitivo y arrojado, para luego volverse más técnico y controlado.

Back to back, el primer aerial

¿Por qué los pasos aéreos llaman tanto la atención?

 Además de la obvia cuestión estética y dinámica de ver esos movimientos “en el aire” hay otros factores. Uno es el riesgo.  La entrega de un cuerpo a desplazarse libremente, regido por un impulso y afectado por la gravedad, siempre es plausible de caer o estrellarse. En el espíritu humano ver a otro ser en esa situación genera una emoción, una cierta excitación al desear que salga indemne en un aterrizaje que parece no llegar nunca. Pero el riesgo esta ahí, como combustible de esta emoción. Y muy real.

La dimensión de un riesgo se mide multiplicando la posibilidad de que ocurra, por la consecuencia al ocurrir. De ahí podemos pensar que hay riesgo todo el tiempo. Con estas dos variables pensemos como se desenvuelve la práctica de los pasos aéreos. El colchón de Frankie trataba de reducir la consecuencia, porque al no tener experiencia en la ejecución, la probabilidad de ocurrencia era grande. Y así sucede cuando se practican estos pasos, porque estamos tratando de reducir esta multiplicación. Porque si el objetivo es ejecutarlo, luego sin protección ni ayuda, la posibilidad de que ocurra debe ser mínima.

      Jugando a esto del riesgo pensemos en las consecuencias de un truco fallido. Empiezo por la frustración y todas las consecuencias emocionales que tiene darse un golpe. En principio genera miedo, y este a su vez bloqueos y distorsiones. Con lo cual es sumamente difícil volver acercarse a ese movimiento sin sobrepasar estos, no menores, trámites internos. 

En el otro lado de las consecuencias voy a repetir una frase que uso en mis clases de trucos, a pesar de las miradas de desaprobación de mi compañera por mi tono fatalista: _Haciendo trucos te podés morir_. Suena a mucho y a exagerado, lo sé. Pero lo suficientemente claro como para que nadie lo desoiga. De ahí para abajo, están todas las lesiones posibles con consecuencias menos o más permanentes. Les digo algo más, cruzando la calle también te podés morir. (Pero adivinen qué?, se usan semáforos, miran a los costados, digamos, existe un código de vialidad para reducir la probabilidad de ocurrencia).

      Hablemos ahora de la posibilidad de fallo. Hay condiciones externas y del propio bailarín. Estas últimas tienen que ver con la práctica y el conocimiento. Es decir que el ejecutante posea todas las condiciones físicas y técnicas para realizarlo. Me arriesgo a decir que hace falta un poco más. Es decir no sólo para realizarlo correctamente, sino también para poder corregir  o mitigar algún fallo durante la ejecución. (Ahí estamos tratando de reducir la consecuencia)

Las condiciones externas son casi incontrolables, y deberían reducirse al máximo. Sudor, piso resbaladizo, ropa, etc. Reducidas y todo, estos agentes externos están siempre ahí, listos para aparecer si no se prevén.

       Pongo un tercer actor en escena, que es cualquier persona alrededor del bailarín que puede no estar interviniendo en la acción. Ese personaje puede ser lastimado. (Adivinen qué?, normalmente no esta pendiente de hacer nada para reducir la consecuencia o la posibilidad de accidente, como es el caso de cualquier espectador)

Los trucos me encantan. Es poco descriptible la sensación del final de un paso aéreo bien realizado, tomando prestado por una décima de segundo el control de la gravedad. Ese ratito donde los cuerpos vuelven al reposo después de violar el código de convivencia pies-tierra. Como digo, me encantan y entiendo porque a tanta gente le gusta hacerlos. Pero nunca me olvido del riesgo, que es de lo que estuvimos hablando. Hago pasos aéreos en pareja, y entiendo que en el momento cumbre, la integridad física de otra persona está en mis manos. Constantemente me pregunto si estoy suficientemente preparado para esa responsabilidad, y si me gané honradamente la confianza de mi compañera. ¿Cómo me respondo? Fácil. Aprendiendo siempre que pueda, de las personas correctas, la manera menos riesgosa de realizarlo. (Reduzco mi posibilidad de fallo ) Practicando de forma segura, del modo más crítico posible. Preparando mi cuerpo para ser responsable de no lastimarme, ni lastimar a otro. Y principalmente, esto es algo  en lo que es fácil caer y me lo tengo que recordar siempre, no siendo un imbécil que le pierde el respeto al riesgo por la falta de ocurrencias.

¿Riesgo? ¿Cuál riesgo?

       Considero que tengo otras responsabilidades, como docente y referente. Lo primero que se enseña es la seguridad, y lo segundo es la seguridad. Y esto no solo en las clases y seminarios. Si yo, con mi experiencia y conocimiento cometo, un acto irresponsable en público;  habilito a que quien me mira crea que está bien. Y ya sea puertas adentro o también en público, es posible que alguien menos experimentado intente hacer lo mismo, pues percibió que el riesgo no era tanto.
        Los espacios para hacer trucos, según mi visión son aquellos en donde los ejecutantes y el público saben que van a ocurrir (o es posible que ocurra). Si yo tomo a una pareja y la fuerzo a “volar” sin acuerdo mínimo, no la dejo decidir. Si hago un truco en medio de una pista social, quien esta junto a mi puede verse seriamente lastimado, sin haber optado por estar junto a 60 kg con pies y manos volando a 10 cm de su cabeza. Y así se suman los ejemplos.
        Hacer trucos está muy bien y forma parte del baile que amo. Los accidente ocurren y forma parte de la vida. ¡Vamos por un poco de vértigo! Pero, por favor, seamos dignos de la libertad que nos da el aire.

MIBG