El aire es libre. O no tanto.

_¡El aire es libre!_  Todos recordamos esta expresión infantil que siendo verdad, está lejos de ser cierta.

         Los pasos aéreos, acrobacias o trucos, han formado parte del baile del Swing desde sus orígenes. Haciendo un poco de historia fue Frankie Manning el mayor ícono de este estilo, el primer bailarín en hacer un paso aéreo. Aquello sucedió durante una competencia y, según palabras de Frankie, él lo sentía como un paso más. Podemos sumarle la anécdota de cuándo lo estaba practicando: en su casa con su prima, con un colchón en el piso, y entró su madre. Encontró a Frankie con su prima encima patas para arriba, colchón mediante. Para la época, fue difícil de explicar seguramente. De ahí en más, se convirtió en algo frecuente en competencias (explícitas e implícitas) entre bailarines. Al igual que en muchas otras danzas, el comienzo de esta veta del baile fue intuitivo y arrojado, para luego volverse más técnico y controlado.

Back to back, el primer aerial

¿Por qué los pasos aéreos llaman tanto la atención?

 Además de la obvia cuestión estética y dinámica de ver esos movimientos “en el aire” hay otros factores. Uno es el riesgo.  La entrega de un cuerpo a desplazarse libremente, regido por un impulso y afectado por la gravedad, siempre es plausible de caer o estrellarse. En el espíritu humano ver a otro ser en esa situación genera una emoción, una cierta excitación al desear que salga indemne en un aterrizaje que parece no llegar nunca. Pero el riesgo esta ahí, como combustible de esta emoción. Y muy real.

La dimensión de un riesgo se mide multiplicando la posibilidad de que ocurra, por la consecuencia al ocurrir. De ahí podemos pensar que hay riesgo todo el tiempo. Con estas dos variables pensemos como se desenvuelve la práctica de los pasos aéreos. El colchón de Frankie trataba de reducir la consecuencia, porque al no tener experiencia en la ejecución, la probabilidad de ocurrencia era grande. Y así sucede cuando se practican estos pasos, porque estamos tratando de reducir esta multiplicación. Porque si el objetivo es ejecutarlo, luego sin protección ni ayuda, la posibilidad de que ocurra debe ser mínima.

      Jugando a esto del riesgo pensemos en las consecuencias de un truco fallido. Empiezo por la frustración y todas las consecuencias emocionales que tiene darse un golpe. En principio genera miedo, y este a su vez bloqueos y distorsiones. Con lo cual es sumamente difícil volver acercarse a ese movimiento sin sobrepasar estos, no menores, trámites internos. 

En el otro lado de las consecuencias voy a repetir una frase que uso en mis clases de trucos, a pesar de las miradas de desaprobación de mi compañera por mi tono fatalista: _Haciendo trucos te podés morir_. Suena a mucho y a exagerado, lo sé. Pero lo suficientemente claro como para que nadie lo desoiga. De ahí para abajo, están todas las lesiones posibles con consecuencias menos o más permanentes. Les digo algo más, cruzando la calle también te podés morir. (Pero adivinen qué?, se usan semáforos, miran a los costados, digamos, existe un código de vialidad para reducir la probabilidad de ocurrencia).

      Hablemos ahora de la posibilidad de fallo. Hay condiciones externas y del propio bailarín. Estas últimas tienen que ver con la práctica y el conocimiento. Es decir que el ejecutante posea todas las condiciones físicas y técnicas para realizarlo. Me arriesgo a decir que hace falta un poco más. Es decir no sólo para realizarlo correctamente, sino también para poder corregir  o mitigar algún fallo durante la ejecución. (Ahí estamos tratando de reducir la consecuencia)

Las condiciones externas son casi incontrolables, y deberían reducirse al máximo. Sudor, piso resbaladizo, ropa, etc. Reducidas y todo, estos agentes externos están siempre ahí, listos para aparecer si no se prevén.

       Pongo un tercer actor en escena, que es cualquier persona alrededor del bailarín que puede no estar interviniendo en la acción. Ese personaje puede ser lastimado. (Adivinen qué?, normalmente no esta pendiente de hacer nada para reducir la consecuencia o la posibilidad de accidente, como es el caso de cualquier espectador)

Los trucos me encantan. Es poco descriptible la sensación del final de un paso aéreo bien realizado, tomando prestado por una décima de segundo el control de la gravedad. Ese ratito donde los cuerpos vuelven al reposo después de violar el código de convivencia pies-tierra. Como digo, me encantan y entiendo porque a tanta gente le gusta hacerlos. Pero nunca me olvido del riesgo, que es de lo que estuvimos hablando. Hago pasos aéreos en pareja, y entiendo que en el momento cumbre, la integridad física de otra persona está en mis manos. Constantemente me pregunto si estoy suficientemente preparado para esa responsabilidad, y si me gané honradamente la confianza de mi compañera. ¿Cómo me respondo? Fácil. Aprendiendo siempre que pueda, de las personas correctas, la manera menos riesgosa de realizarlo. (Reduzco mi posibilidad de fallo ) Practicando de forma segura, del modo más crítico posible. Preparando mi cuerpo para ser responsable de no lastimarme, ni lastimar a otro. Y principalmente, esto es algo  en lo que es fácil caer y me lo tengo que recordar siempre, no siendo un imbécil que le pierde el respeto al riesgo por la falta de ocurrencias.

¿Riesgo? ¿Cuál riesgo?

       Considero que tengo otras responsabilidades, como docente y referente. Lo primero que se enseña es la seguridad, y lo segundo es la seguridad. Y esto no solo en las clases y seminarios. Si yo, con mi experiencia y conocimiento cometo, un acto irresponsable en público;  habilito a que quien me mira crea que está bien. Y ya sea puertas adentro o también en público, es posible que alguien menos experimentado intente hacer lo mismo, pues percibió que el riesgo no era tanto.
        Los espacios para hacer trucos, según mi visión son aquellos en donde los ejecutantes y el público saben que van a ocurrir (o es posible que ocurra). Si yo tomo a una pareja y la fuerzo a “volar” sin acuerdo mínimo, no la dejo decidir. Si hago un truco en medio de una pista social, quien esta junto a mi puede verse seriamente lastimado, sin haber optado por estar junto a 60 kg con pies y manos volando a 10 cm de su cabeza. Y así se suman los ejemplos.
        Hacer trucos está muy bien y forma parte del baile que amo. Los accidente ocurren y forma parte de la vida. ¡Vamos por un poco de vértigo! Pero, por favor, seamos dignos de la libertad que nos da el aire.

MIBG

3 pensamientos en “El aire es libre. O no tanto.

  • 13 julio, 2015 a las 11:41 pm
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    Comentarios Bienvenidos!

  • 14 julio, 2015 a las 12:32 am
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    Aguante el blog de Swing City! 😉

  • 14 julio, 2015 a las 3:00 am
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    Interesante.
    A por un poco de vértigo… con responsabilidad.
    Aca link al relato de Frankie M. sobre la creacion del primer aerial que hace referencia el post…
    https://www.youtube.com/watch?v=MpZk94w6kwc
    Saludos
    M

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